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Primicias24.com(Opinión)- El marxismo fue una doctrina exitosa en el siglo XIX y comienzos del S. XX, por las enormes carencias políticas, sociales y económicas de las grandes mayorías de casi todos los pueblos del mundo. La revolución industrial, creadora de la clase obrera, mantuvo en sus inicios y por años en condición de esclavitud a sus dependientes por ser heredera del feudalismo. El marxismo, en consecuencia, tuvo el beneficio inicial de coadyuvar a la lucha de la clase obrera por mejorar sus condiciones de explotación humana y elevó a categoría legal sus aspiraciones laborales. En ese sentido, el marxismo fue un importante impulso de progreso para la humanidad.

Ah, pero llegó al poder esa doctrina idealista, que aspiraba la sociedad sin clases, sin ejército y sin necesidad de policía que reprimiera a un hombre nuevo, lleno de bondad y amor, pero hete aquí que, por suerte de birlibirloque, unos talentosos ciudadanos rusos dirigidos por Lenin, Kamenev, Trotsky y Stalin se apropiaron de esa teoría para iniciar la dictadura del proletariado, la que fue evolucionando – más bien involucionando – hacia la dictadura de un solo partido y, luego, como lógico desiderátum en la dictadura de un solo hombre, llamado José Stalin. Pues bien, este siniestro personaje llevó a extremos de crueldad ese sistema y lo acabó, pero fue imitado por otros “avispados” megalómanos y tiranos del mundo del siglo XX: léase Mao, Pol Pot, Tito, Nicolae Ceaucescu, Lunashenko, Fidel Castro y, el último de los mohicanos, el muchacho de Sabaneta..

Hugo Chávez asumió esa doctrina no solo por creer en sus bondades sociales, sino porque nunca se enteró, desde la Escuela Militar, que lo aprendido en el Liceo se había desmoronado con el paso del tiempo. Se quedó anclado en las recetas del “comunismo real” y en los estereotipos del “Yanky go home” y del abelachao, chao, chao, (la bella canción de los partisanos italianos bella ciao). Esto último no es lo más grave, sino el que no se hubiera enterado, tampoco, que los soviéticos tuvieron un glasnost y una perestroika que demolió los cimientos de aquella bella teoría demonizada por el stalinismo mundial.

Tampoco le informaron sus superiores “prusianos”, por supuesto, que se había caído el muro de Berlín, que los chinos y vietnamitas se habían dejado de esas pamplinadas y decidido orientar sus pasos hacia una economía social de mercado y, entre todos ellos, acabado con la locura marxista demodé del siglo XIX.

Para no aburrir a mis lectores con más demostraciones, que no necesitan porque todos saben lo qué pasó con esa locura, me basta con citar a un venezolano de excepción, sin ligazón con la política, sino con el arte y la cultura, como Carlos Cruz Diez, quien entrevistado por Rafael Arraíz Lucca, en su ya famoso libro Venezolanos Excepcionales, afirma desgarradoramente: “Me desespera ver cómo mi país no progresa; es un tren de ruedas cuadradas. ¿Cómo es posible que se esté pensando en este momentos como si estuviéramos en el siglo XVIII? (un siglo antes de lo que nosotros imaginábamos).Cuando yo hablo con la gente me siento humillado y aterrorizado, porque yo estoy hablando en París de nueva civilización, y aquí estamos hablando de Rousseau, siglo XVIII. (…) Esto no es posible. Mi hijo se fue definitivamente y Adriana, mi hija, también. Ellos no aguantaron más, se fueron, porque ellos tienen 40 años. Si siguen esperando aquí, se pierden”

En ese mismo libro Arraíz entrevista a Arturo Uslar y éste dice algo que refleja el fondo de una personalidad que nos hizo retroceder un siglo. Sobre Hugo Chávez, me refiero, dijo: “Chávez es un delirante, un ignorante que dice disparates. (…) Ya Uslar en el año 2000, había afirmado tajante: “Si bajaran los precios del petróleo de una manera importante, Venezuela sería un caso para la Cruz Roja Internacional, aquí vendrían a repartir sopas en las esquinas… es un país políticamente muy inmaduro; un país con una grave peligro, que es que no sabe cuáles son su debilidades, que no sabe bien cuáles son sus flancos débiles”.

Este gobierno no quiere rectificar, porque sus más conspicuos dirigentes tienen en sus cerebros el flanco débil de las tesis políticas del siglo XIX y, por ello, es imposible que puedan seguir gobernando en el siglo XXI. De mantenerse en el poder, corremos el peligro inminente que se haga realidad la profecía de Arturo Uslar. Dios nos libre.

Lo escrito en dicho artículo de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor.

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