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Primicias24.com (Prensa MPPRE)- En nombre de la comunidad universitaria de Manaos, Brasil, el profesor Marcos Chinchilla Montes, se pronunció mediante un artículo de opinión, en torno a la situación política que está viviendo Venezuela, realizando una comparación con el intento fallido del 11 de abril de 2002.

A continuación artículo de opinión:

Un nuevo intento de golpe de Estado se cocina en Venezuela contra la revolución bolivariana; lamentablemente, pierdo la cuenta de todos aquellos esfuerzos que impulsaron a los Estados Unidos de América (EUA) y la derecha venezolana por hacerse con el poder de nuevo en ese país. Así que no es de extrañar la cobertura noticiosa de la CNN, la BBC y el PAIS español entre otros medios, o las intervenciones vergonzosas de John Kerry, secretario de Estado de los EUA, o del títere premio nobel de la paz (sic) costarricense, Oscar Arias.

Los apretados resultados electorales entre Nicolás Maduro y Henrique Capriles, así como una galopante inflación, el desabasto planificado, y la violencia delincuencial, han sido instrumentalizados por sectores de la derecha para intentar incendiar el país y materializar un sueño largamente acariciado: retomar las riendas de la cosa pública aunque sea por intermedio de la violencia política. Un motivo que se podría considerar “menor”, se utilizó de manera artificial para generar un estallido que se salda hasta el momento con tres muertos, decenas de heridos, y una gran cantidad de infraestructura destruida por parte de los manifestantes.

Resulta alarmante no sólo la violencia, sino también el odio que expresan muchas de las personas manifestantes contra todo aquello que simpatice o tenga cercanía con el proyecto político bolivariano, incluidos los seres humanos. Diversos videos que circulan en la red, permiten evidenciar como los manifestantes exhortan a la caída del gobierno o a la muerte del presidente; argumento recurrente no sólo en el golpe de Estado del año 2002, sino también en las diversas elecciones que ha desarrollado Venezuela en los últimos tres lustros.

La Revolución Bolivariana nació y continúa asediada por el imperio, tal como le ocurre a Cuba, Bolivia,  Ecuador y  Argentina. A criterio de Eva Golinger, analista venezolana, se replica un guión golpista similar al del año 2002; a lo que hay que sumar que se ensayan también estrategias como las que impulsó el imperio en Libia y Siria para consolidar sus intereses militares, económicos y políticos, y de las cuales ya conocemos sus implicaciones en pérdida de vidas humanas.

En su afán expansionista y hegemónico, EUA no perdona que diversos países de la región no se sometieran a su mandato imperial; recuérdese que fue justamente por la acción política de Hugo Chávez, Lula Da Silva y Néstor Kirchner, que el Área de Libre Comercio de las Américas no se logró firmar como lo deseaba el gobierno de George Bush; en su lugar, surgieron una serie de iniciativas de integración latinoamericana que le han plantado cara a la hegemonía yanqui, y que muy a disgusto de ese país, se han fortalecido en beneficio de los países y pueblos que se han acogido a estos instrumentos de integración. Esta correlación y reivindicación política de cuño latinoamericano, pone en aprietos a Estados Unidos, precisamente en un contexto de crisis económica, en el cual ya se anuncia que China está a pocos años de superarlo como potencia económica, y en un marco de rechazo social en varios países al El Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Cooperación Económica (TTP por sus siglas en inglés).

Nuestra región tiene ingratos recuerdos asociados a los golpes de Estado que impuso los EUA, miles de personas fueron asesinadas por las dictaduras, y la democracia se truncó por varias décadas. En años recientes se dieron golpes de Estado en Honduras y Paraguay con la complicidad de los EUA, precisamente en países en los que la hegemonía norteamericana estaba erosionada.

Ante estos hechos, es totalmente válido afirmar que en Venezuela, América Latina se juega su futuro, si este país logra detener el golpe, es factible que consolidemos de manera progresiva un proceso de integración regional que apueste por su propio desarrollo, por la justicia social y económica; y por relaciones internacionales respetuosas del ordenamiento jurídico.

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